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Las mejores novelas de Latinoamérica son invisibles

La novela, nada más y nada menos —dolor de las intuiciones—, vaticinó la incomodidad imperial de los Estados Unidos ante el desarrollo del gobierno democrático de Salvador Allende.

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En América Latina la literatura puede cambiar la ruta de la historia y sin embargo no merecer un cuidado bibliográfico que garantice el acceso en la región al mejor ingenio de sus mejores poetas, críticos con la violencia política y sus desdoblamientos.

El autor del Paseo Ahumada, un escupitajo, escrito en dictadura, contra la presumida modernidad de Santiago de Chile en tiempos de Augusto Pinochet, es un poeta que, en cierto sentido, pertenece al parnaso oficial de la lírica chilena. Se llama Enrique Lihn. 

Y aunque Lihn tiene garantizado un lugar en el disputado paraninfo de la grandiosidad poética del país del nuevo extremo, junto a los trogloditas Vicente Huidobro, Pablo Neruda, Gonzalo Rojas y Nicanor Parra, entre tantos más, al grado de que cansa en su reiteración nacionalista, no todas las voces del autor de la musiquilla de las pobres esferas gozan del respaldo de la cultura institucionalizada.

Es el caso de su travesura novelesca Batman en Chile, un libro proscrito en los hechos que en casi medio siglo de existencia sólo ha gozado de dos ediciones, una en Buenos Aires y otra en su país natal, y que adivinó la realidad meses antes de que se perpetrata el golpe militar contra La Moneda en septiembre de 1973. 

La novela, nada más y nada menos —dolor de las intuiciones—, vaticinó la incomodidad imperial de los Estados Unidos ante el desarrollo del gobierno democrático de Salvador Allende.

El hombre murciélago, policía secreto y elemento especializado de la Agencia Central de Inteligencia estadounidense (la vieja conocida CIA), arriba a Chile para combatir el comunismo del presidente dimanado de la Unidad Popular, sin embargo su irrestricto y ñoño respeto por el estado de derecho lo hace colapsar en contradicción al tener que reconciliar su misión de filetear la amenaza filosoviética y su respeto institucional, de conciencia, por la libertad del voto, la democracia y el legal triunfo electoral de Allende. 

Farsa burlesca que supone la inconformidad estadounidense ante el avance de modelos alternativos de nación, que en los hechos desafíen la primacía regional del capitalismo y la doctrina Monroe, la novela fue originalmente publicada en Buenos Aires por la mítica Ediciones de La Flor —la casa editorial de una muchachita contestona llamada Mafalda— y luego la alcanzó la realidad del neoliberalismo diseñado en la Universidad de Chicago e impuesto mediante asesinato, tortura y desaparición en el país en que alguna vez desembarcó Rubén Darío, vía el puerto de Valparaíso, ciudad hermosa donde las haya, con sus decenas de cerros para mirar a los gatos de los vecinos durmiendo en los tejados. 

Pero además Batman en Chile hace algo que me fascina por sus potenciales y que creo que he reiterado varias veces: suponer la transformación imaginaria del curso del mundo —como Alejo Carpentier, como Quentin Tarantino, como Max Aub, como Antonio Castro Leal—, diseñar la figuración de que la historia puede ser distinta a la de los cauces dominantes y las instrucciones del lápiz del Pentágono y la Casa Blanca. 

En este caso específico, con todo, los límites del control que traza la poesía se vieron guillotinados por el autoritarismo represivo desde la crueldad. Pero la posibilidad del cambio ya había quedado esbozada, sugerida, en una novela proscrita en los hechos. Tal vez a eso apuntan las literaturas: a la multiplicación de las posibilidades, ejercicio ya trascendental que antecede, inspirándola, iluminándola, a la modificación material de la realidad rumbo al asentamiento de un mundo más justo. Cabe recordar que la novela olvidada de Lihn lleva dos subtítulos: el ocaso de un ídolo o solo contra el desierto rojo.

Un poeta sudamericano, en la soledad de su oficio, compuso una parodia que humilla al agente especial del imperio y derrota sus obsesiones de dominación —en la venganza simbólica de los oprimidos. 

Mientras la novela mantiene su condición inconseguible, otra literatura domesticada se reimprime en suficiencia para saturar las mesas de novedades las librerías y los catálogos de las conocidas editoriales trasnacionales.

Habrá que resucitar, una y otra vez, los elogios de la rebeldía.