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Opinión

La aventura del ciclista solitario

Leonardo Curzio

Con la venia de Conan Doyle, retomo el título de una de las aventuras de Holmes para evocar a otro ciclista que, el día de la toma de posesión de AMLO, se acercó al vehículo que llevaba al virtual jefe del Estado a San Lázaro y le espetó, con una extraña mezcla de quien exige e implora al mismo tiempo: tú no nos puedes fallar. Un gesto poco imaginable en una ceremonia tradicional, resultaba consonante en el nuevo contexto en el que la propaganda juega un papel central. Imaginar que un presidente es abordado por un ciclista espontáneo era incurrir en un riesgo que iba desde un atentado hasta una sonora bofetada, como lo comprobó Macron.

En cualquier caso, la estampa del ciclista solitario la tendrá el mandatario en su opulento despacho de Palacio como un memento mori.

Pasan los años y los principales rasgos de esta administración son una reorientación del presupuesto para fondear obras emblemáticas, transferencias de efectivo a sectores vulnerables y movilización política y comunicativa. Este último elemento ha brillado de forma singular. El Presidente genera contenido para horas y horas de televisión que se transmiten con un sesgo predominantemente favorable a él. Sus quejas rara vez van hacia la pantalla chica, pues el jefe del Estado ha encontrado el modo (igual que las telenovelas) de llegar a los oídos y al corazón de la gente.

Pero la mejor novela cansa y la comunicación y propaganda tienen límites. El soberano ha decidido, con su voto en las intermedias, dar al gobierno una extensión de tiempo para que cumpla la exigencia del ciclista; pero la cuota de paciencia la concedió de manera diáfana y comprensible. La propaganda sirve para muchas cosas, pero tiene fecha de caducidad. La gente no espera a un presidente a la altura del arte, sino un gobierno eficaz.

El ciclista solitario sirvió, en su momento, para crear el relato de un presidente/salvador de la tragedia nacional y, por tanto, excepcional, necesario, insustituible. El Presidente que no podía fallar. Hoy es un mandatario que cosecha sus imprecisiones y sus bandazos. Le quedan tres años y dos opciones. La primera es retomar, como lo hizo con el sector privado, un diálogo constructivo y pragmático. Gobernar para todos y reducir su animosidad polarizante. O bien, mantener su perfil de presidente/candidato al concentrar su atención en la consulta y la revocación como prioridades.

En unos días el Presidente recibirá otro telegrama del soberano y serán los niveles de participación en la consulta que se hará con el único objetivo de complacerlo. Si la participación es escasa habrá devaluado el instrumento de manera fatal. Veremos. Y el año próximo (espero que reconsideren, pero lo dudo) podrían someternos (con la revocación) a una nueva campaña polarizadora. Ojo, la revocación es un instrumento ineficaz y contraproducente. Sea cual sea la respuesta del electorado, la realidad política del país solo puede empeorar. Si gana con amplitud (y alta participación) se reactivará el debate reeleccionista y si se da una reprobación presidencial, transitaremos hacia un gobierno derrotado de antemano. Y el guion ya lo conocemos: victimismo, la guerra sucia, el clasismo y la manipulación y así hasta el 2024. Así es que, en vez de restañar heridas, las reabrirán. Será dificil entonces que México sea más prospero y más seguro que en el 2018. El ciclista solitario volverá a las páginas de Conan Doyle



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