Opinión

La respuesta a los 650

Leonardo Curzio

Fue poco sensible por parte del Ejecutivo desdeñar el llamado que más de 650 intelectuales le formularon para replantear el tono de la conversación nacional. El gesto es revelador de un gobierno que, inseguro por sus cifras y resultados prefiere minimizarlos, en vez de invitarlos a un diálogo abierto y mutuamente benéfico.

Es sintomático que mientras más se invoca el “amor al prójimo, esencia del humanismo” o se intercalan citas inesperadas a los amores líquidos, lejos de sentirse inquieto por el llamado, se cerró en banda. Optó por ubicarlos en un pasado ignominioso y de manera injusta, como en días pasados desacreditó a las OSC, los descalificó. Es poco probable que en el corto plazo las cosas cambien.

El Ejecutivo se ha auto conferido una superioridad moral que, con su avasalladora presencia pública, impone de manera cada vez menos púdica. El Presidente se cree por encima de varios estamentos de la sociedad y eso tiene dos implicaciones directas. La primera es que cada vez tiene menos sentido la idea de un diálogo de ida y vuelta; el mandatario las gana todas. Incluso cuando algún reportero le plantea una declaración de uno de sus funcionarios, opta por preguntarle: ¿a quién le crees, a Jiménez Pons o a mí? El reportero, quien, tímidamente intentó defender también a las organizaciones civiles, buscando el amparo de Jesús Ramírez, fue desarmado por un Presidente que parecía dispuesto a todo, menos a escuchar.

El poder alinea y a nadie le gusta estar peleándose con él. Como el niño de la lengua de las mariposas, desdeña a Fernán Gómez (su maestro), la mayoría entiende que es mejor estar a las buenas con un gobierno hiperdominante. En MORENA la norma es acatar y celebrar la clarividente política del caudillo.

La estructura de camarilla parece dominar en partes del gabinete. No hay que ser adivino para adelantar lo que viene. La intolerancia de hoy a escuchar las razones de los demás lo llevará a cultivar el arte de la seducción de las bases y no a promover la persuasión a través de un diálogo con los intelectuales independientes. ¿Qué sentido tiene un coloquio con un gobierno omnisciente, avasallador e infalible?

Pero el costo es cada vez mayor. El aislamiento intelectual avanza. El gobierno no persuade, no gana adeptos en ese círculo en el que se siente ajeno y por supuesto, la base popular de los gobiernos como el actual, los hace profundamente refractarios a los intelectuales.

Pero una cosa es clara, podrá injuriar o minimizar porque hoy tiene el poder y los reflectores, pero no puede ignorar que ningún gobierno del que se empieza a dudar de su talante pluralista y su compromiso con la libertad de expresión, pueda desdeñar que el documento lo firman gente de tanto peso como Rolando Cordera, Tonatiuh Guillén y Carlos Heredia. Algo le deberían decir. Aunque en las redes obradoristas les importe un pepino quien es Valeria Luiselli, estamos hablando de la escritora joven con mayor proyección.

Que le pregunten a Elenita lo que pesa. También figura Raúl Padilla, el artífice de la FIL, un puente con lo más granado de la intelectualidad global. Para cualquiera que esté en ciencias sociales los nombres de Gordon, Sara Sefchovich, Fernando Escalante, Raúl Trejo o Judit Bokser pesan mucho. Y ¿qué decir de Luis F. Aguilar o de otras eminencias como Matos Moctezuma, Eduardo Lizalde, Jean Meyer, Bartra o Reyes Heroles? No son nombres que desearías te señalen como intolerante y autoritario.

Los abajo firmantes tienen proyección global y mucha credibilidad. Poseen una enorme capacidad de provocar simpatía externa en caso de que las cosas se cierren más. Cualquier gobierno democrático debe estar atento a no caer en la divinización del poder y el culto a la personalidad; el Presidente es un ciudadano con ceremonial y mucho poder de hacer la vida miserable a sus críticos, pero no es moralmente superior a nadie como para silenciarlos. Los gobiernos que se encierran acaban por lamentarlo.

La sociedad civil y los intelectuales (como los medios) son parte del ecosistema democrático y si piden un cambio de tono, lo menos que se puede hacer es considerar su argumento con toda seriedad.

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