Opinión

Fui yo

Leonardo Curzio

El jefe del Estado volvió a cambiar la versión de lo que ocurrió el 17 de octubre en Culiacán. La decisión de abortar el operativo la tomó él. Lo suponíamos. Hoy lo sabemos. La decisión fragiliza a la institución presidencial. Amenazaron a las familias de los soldados y retuvieron algunos de ellos, cosa delicadísima y digna de ser evaluada en el minuto a minuto. Pero si reconstruimos los hechos, cada pieza, cada eslabón, resulta tóxica para el gobierno y su credibilidad.

Aquel día el Presidente fue a reinaugurar el aeropuerto de Santa Lucía. Después recibió al presidente de Cuba. Al momento de arrancar el operativo había terminado ya la visita con Díaz Canel. Unas horas después iba a tomar un vuelo a Oaxaca. Es probable que en ese espacio de tiempo haya tomado la decisión que reveló el viernes. Lo inquietante es que en el pasillo del aeropuerto se negó a dar información alegando que por la noche los secretarios se encargarían de hacerlo. Después de una tarde sin información del gobierno vino la intervención grabada de los secretarios de seguridad y defensa en la que de manera sibilina anunciaban el cese del operativo y la liberación de Ovidio. Ahí anunciaron que se trató de una operación aleatoria. El presidente llegó a Oaxaca y se negó a informar esa noche  a los compañeros lo que ocurrió. Los noticieros tuvimos que tejer sobre lo que había, básicamente el vídeo mencionado. Los periódicos tuvieron que formar sus primeras planas con esa única versión. Un apagón informativo de casi 18 horas. Al día siguiente AMLO se cargó la versión de la operación aleatoria. Desde Culiacán, el 18, los secretarios daban otra versión, pero preservaron, con buen criterio, el principio de una decisión colegiada del gabinete avalada por el Presidente. Ocho meses después resulta que eso tampoco fue cierto. Se trató de una personalísima decisión cuya desclasificación es incomprensible. Muchos lo suponían, pero hay una gran distancia entre suponer y confirmar.

Si el principio de este gobierno es no mentir, nos ha dado ya tres versiones diferentes de lo ocurrido en Culiacán. En su afán por no guardarse nada el Presidente complica el funcionamiento institucional. El ejecutivo debe siempre preservarse. Es su deber, porque él encarna la unidad nacional. Normalmente los jefes de Estado son puestos en situación comprometedora cuando una comisión parlamentaria o una investigación periodística los exhibe. Pero en este caso ha sido por voluntad propia. Fiel a su principio  de que su pecho no es bodega, ha decidido minar su propia credibilidad y cambiar, después de ocho meses, la versión de lo que ocurrió en Culiacán. El principio de la soberanía es que el poder del Estado no se somete a ningún otro. En este caso no se cumplió. El gobierno se replegó por decisión del Comandante supremo y durante ocho meses no ha podido cambiar esta deplorable situación.

Todos los estados tienen secretos. Su deber es limitarlos a lo estrictamente necesario y custodiarlos, porque de ellos depende su estabilidad y su credibilidad. Todo gobierno, en su operación, puede cometer errores o enfrentar circunstancias imprevistas, por eso tiene jerarquías establecidas y responsabilidades definidas a fin de preservar al mando político. El Presidente no debe ser responsable de las muertes en los hospitales ni de los operativos fallidos. Por favor. Espero que no asuma también las fugas de los penales. El mismo invocó esa negación plausible en los tiempos del desafuero. ¿lo habrá olvidado?   En lo político la confesión del viernes quedará como un zigzagueo más. En lo tocante a credibilidad, pues eso de no mentir queda como lema, no como norma. Lo realmente grave es la hipótesis jurídica y la relación con los Estados Unidos. Una cosa es la decisión política de no declarar la guerra a las organizaciones criminales y otra dar marcha atrás el cumplimiento de una orden de aprehensión.

Es muy delicado que el Presidente, abrumado y agobiado como está, ponga en riesgo su investidura, inculpándose él mismo de un acto de rendición. Pudo haber mantenido la versión de la decisión colegiada, pero detecto un vesánico ánimo destructivo que lo lleva a usar la mañanera como desahogo. Inculparse él mismo de una decisión vergonzosa, desde la moral del Estado, no soluciona nada. El fui yo, no es gesto de valentía. Fue una claudicación lamentable y una tardía confesión que complica más las cosas. Delicado, muy delicado.

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