Opinión

Deconstrucción internacional- ¿A propósito, o por Occidente?

Camila Gómez Díaz Barreiro

Para sorpresa de nadie, Afganistán sigue atrapado en uno de los conflictos más violentos de su historia. Lo que comenzó en 2001 como un deseo occidental para exterminar a Al Qaeda, detonó una guerra que no cesa. Durante años, la inestabilidad se le atribuyó al Talibán y a su insurgencia. En este sentido, la controvertida “Operación Libertad Duradera” funcionaría como la excusa perfecta para la llegada estadounidense a territorio afgano y más adelante la invasión como mecanismo de legítima defensa frente al atentado 9/11. Sin embargo, la versión que ha sido alimentada a la comunidad internacional ha alcanzado su fecha de caducidad.

La intención de reducir la violencia en Kabul se ha mantenido en condición de esfuerzo desde comienzos de siglo. Estados Unidos lleva preparándose para retirar sus tropas desde que llegó; movimientos en falso, a medias o nulos. ¿A dónde se remonta “la última y nos vamos” y por qué es que no consigue poner el vaso rojo sobre la mesa?

El despliegue de la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad (ISAF) en 2002, le abrió las puertas a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) la cual se encargó de dirigir las operaciones de “defensa”. En 2003 el entonces presidente George W. Bush ya anunciaba que las principales operaciones militares en Afganistán habían concluido. Como acto de campaña, al poco tiempo fue desmentido con el envío de más de 4,000 soldados estadounidenses.

Al heredar la guerra en 2008, Barack Obama decidió implementar una nueva estrategia con ayuda de 21,000 soldados más. Ya no buscaría la imposición de la democracia sino el desalojamiento de Al Qaeda en Afganistán y Paquistán. Al cabo de unos meses ya eran 100,000 soldados estadounidenses, más 7,000 refuerzos de la OTAN. El asesinato de Osama Bin Laden en 2010, funcionó como varita mágica: impulsó el regreso de tropas. Pero en 2013, Afganistán y Estados Unidos firmaron el Acuerdo Bilateral de Seguridad que permitía extender la presencia de 9,800 militares estadounidenses como “asesores” mas 3,000 soldados de la OTAN.

Desde entonces, la “asesoría” brindada por Occidente ha desembocado en incontables atentados. Cinco años han transcurrido desde la última vez que se dio por concluido el conflicto y contra la palabra de todo aquél que afirme lo contrario, las cifras de muertos comprueban que la guerra vive.

Según Naciones Unidas, durante la primera mitad de 2019 más civiles han perdido la vida en manos de las fuerzas armadas afganas e internacionales, que en las del difamado Talibán. En los primeros seis meses del presente año, los asesores estadounidenses del gobierno afgano han causado 1,366 muertes de civiles (327 niños) y 3,812 heridos (880 niños). Frente a la investigación, un oficial de la OTAN aseguró que sus tropas trabajan bajo los estándares de seguridad más rigurosos y que entrenan a las fuerzas afganas para evitar el daño civil.

Agregó que la mejor manera de terminar con el sufrimiento de los civiles es concentrarse en el acuerdo político y continuar los esfuerzos para reducir la violencia. Diecinueve años después, todo indica que la armada internacional padece déficit de atención y de un interés sin pies.

En mayo del presente año, el presidente del Estado Mayor de Estados Unidos anunció que los 14,000 militares estadounidenses desplegados en Afganistán no se retirarán si las fuerzas de la OTAN no lo hacen también. Mientras tanto, el Talibán externó que si la armada internacional se sale por completo, cortará sus lazos con las organizaciones terroristas, incluido Al Qaeda y el Estado Islámico.

¿No es justamente el objetivo de casi dos décadas de guerra? Entonces, ¿qué es lo que hace que las fuerzas occidentales permanezcan en territorio afgano?

La razón es increíblemente cruda: La guerra es sostenible. Las muertes son sostenibles. Pero sobre todo, no alcanzar un acuerdo político de retirada aumenta la capacidad de las fuerzas de seguridad afganas mediante la venta de armas y el entrenamiento estadounidense. Además, las consecuencias políticas de extraer su influencia de Oriente Medio, se traduce en la posibilidad de cederla a China o Rusia. ¿Impensable?

A propósito, o por Occidente, la guerra en Afganistán no concibe un fin cercano.

 

Camila Gómez Díaz Barreiro

@camilagomezdb

 

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