Opinión

Humanos somos todos

Opinión de Camila Gómez Díaz Barreiro

Con la mano en la cintura podría decir que todo internacionalista -por lo menos- se ha imaginado a sí mismo girando en la silla de Embajador. La carrera diplomática es prestigiosa; en la mayoría de los casos refleja el resultado de largos años de esfuerzo académico y profesional que desemboca en una gran responsabilidad de servicio público. Exámenes, capacitaciones, evaluación de las habilidades, del comportamiento, de la comunicación, del liderazgo, del juicio y la objetividad es solo el principio.

La relevancia que caracteriza al servicio exterior a nivel internacional delimita el rol de cada funcionario. Entre sus facultades se encuentra proteger a sus connacionales en el extranjero e involucrarse en asuntos bilaterales en representación de su país. Frente a la complejidad del servicio, los agentes diplomáticos se clasifican en cinco áreas de especialización, conocidas como “conos”: político, económico, consular, administrativo y diplomático público. Si bien desempeñan tareas distintas, comparten una característica controversial: la inmunidad.

En 1961, la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas estableció que el diplomático goza de beneficios como la exención de impuestos, así como de la jurisdicción criminal y civil del país donde practique. Al representar un ordenamiento jurídico distinto, producto de un régimen soberano, se vuelve inmune al ejercicio de los tribunales locales. Cabe destacar que la inmunidad depende del rango y va desde la jurisdicción penal, civil y administrativa, a la de actos oficiales. Sin embargo, ha despertado inquietud al concebir al diplomático tanto al margen, como por encima de la ley: desde una multa de tránsito, hasta una acusación por homicidio.

Esta semana, Khalid Basfar (agente diplomático saudí en Londres) materializó la controversia luego de ser acusado de abuso por una mujer filipina. De cuerdo con la víctima, Basfar la engañó sobre un trabajo digno en Reino Unido con salario mínimo y un día libre cada semana. Aseguró que sus jornadas laborales en realidad corrían de 7:00 a.m. a 11:30 p.m. todos los días sin descanso. Asimismo, atestiguó que con frecuencia era abusada verbalmente, no tenía oportunidad de salir de la casa del diplomático y su salario le era retenido.

Al presentarse el caso ante un tribunal en Londres, el juez facultado dictó que el sistema británico no tolera el maltrato en el hogar y concluyó que se trató de un tipo de esclavitud moderna. En este sentido, deberá considerarse una actividad comercial que a su vez está exenta de inmunidad diplomática.

Lo ocurrido en la capital de Reino Unido representa el establecimiento de límites frente una realidad que por años ha sido señalada de incoherente. Aunque el derecho internacional dicte la inviolabilidad de los funcionarios del servicio exterior, jamás debe sostenerse frente al abuso de los derechos humanos.

Finalmente, humanos somos todos.

 

Twitter: @camilagomezdb

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