México

Historias de la Cárcel: Quiere Calma la Vida: Pablo Salazar Mendiguchía

El ex gobernador de Chiapas y preso político, Pablo Salazar Mendiguchía, relató a través de “Historias de la Cárcel: Quiere Calma la Vida” la tortura que viven algunos de los también recluidos, esto a pesar de su inocencia.

Aquí el texto íntegro:

“Quiere calma la vida”. Esta frase es un clásico en el penal de Huixtla. Todos los internos sin excepción, la dicen; ya sean jóvenes o viejos. Por ordinaria que suene en la vida normal, en una cárcel, cobra una dimensión superior. Llega a constituir el mejor consejo para sobrevivir y resistir, no solo a la pérdida de la libertad, sino también a la rutina, la añoranza, la ausencia de familia, la pérdida de control y, frecuentemente, a las injusticias pasadas y presentes.

Nadie pronuncia la frase cuando algún compañero se ve deprimido, alterado o desesperado, sin citar a su autor: “‐ como dice El Chapín –quiere calma la vida”.

¿Quién es El Chapín? Es un hombre joven, de 32 años, originario de Tecún Uman, departamento de San Marcos en la República de Guatemala. A Tecún – como se le llama – y a Ciudad Hidalgo, Chiapas, solo los separa una frontera casi invisible y porosa por la que todos los días cruzan de ambos lados, bienes, servicios y personas.

Anthony Edilsar López Montes es el nombre de pila de este portento de paciencia y sabiduría con el que afortunadamente me he encontrado en este pequeño y caluroso penal de Huixtla. Por las contribuciones que ha hecho a mi vida, lo considero mi amigo, y estoy seguro, que lo seguiremos siendo cuando estemos en libertad.

Mi amigo no tiene mejores razones que ningún preso para ser como es. De hecho, su vida es una historia de éxito frustrada por una brutal injusticia.

Es padre de dos pequeños, el Tonito y el Betillo, como les dice. Terminó la carrera de técnico automotriz en Guatemala Capital, y era antes de su detención, un empresario pequeño, en proceso de crecimiento.

Cuando terminó su carrera buscó trabajo como chofer de un trailer, lo que provocó la indignación de Don Federico, su padre, quien molesto lo increpó ‐ ¿para eso fuiste a la escuela, para terminar de chofer?‐

‐ Me gusta esta actividad – le respondió Anthony sin alterarse – y quiero comenzar por conocerla desde adentro. Voy a practicar mis conocimientos sobre mecánica y además aprenderé las rutas y el negocio del transporte.

Le impresionó tanto a su padre esta determinación de su hijo, que en el año 2000, decidió comprar un trailer modelo 1989, para darle trabajo como chofer, pero era un plan con maña. Unos años después don Federico le hizo un interesante ofrecimiento:

‐ Si quieres dedicarte a esto que tanto te gusta, te voy a vender el camión pero olvídate que somos padre e hijo. Esto es un negocio. Dame lo que me costó y te voy a dar facilidades.

En 2006 nació la empresa, propiedad de mi amigo, Transportes Logísticos “El Viejito”, en honor al modelo de su unidad. El pequeño negocio consistía en recibir mercancía de diversas empresas establecidas en México para transportarlas desde Guatemala hasta Panamá; y de regreso también.

Anthony decidió abrir oficinas en Cd. Hidalgo, y le comenzó a ir tan bien, que tuvo que comprar otro camión, y después otro, y uno más. Al momento en que fue sorpresiva y violentamente detenido, era propietario de cuatro trailers.

Sin imaginárselo, su suerte comenzaría a cambiar en Mayo del 2009: para su mala fortuna, a 150 metros de su oficina en Cd. Hidalgo, asesinaron a dos personas que ‐ dicen – se dedicaban a actividades ilícitas.

Impactado por los hechos tan cercanos a su centro de trabajo, Anthony vivió como un observador remoto esta tragedia de la que él se sentía totalmente ajeno. Tanto así, que siguió llegando a su oficina con toda normalidad, hasta que un día, 5 meses después, un grupo de policías de la Procuraduría chiapaneca, fuertemente armados, entraron a su oficina y con lujo de violencia – según me lo narró – fue llevado a un centro de arraigo en Chiapa de Corzo. Lo que comenzó ese día, ha sido una pesadilla que lo ha mantenido en diversos penales del estado, por más de dos años.

Hay 8 acusados, a ninguno conocía Anthony, y solo uno de ellos, después de tantas golpizas, declaró que López Montes era su empleado y que lo contrató para matar ¡por 10 mil pesos!

El empresario, hoy en la cárcel, cuando me lo cuenta, se ríe:

‐ Con un solo camión me ganaba 10 mil pesos en un flete a Guatemala.

Así cuenta su historia:

En el centro de arraigo, se turnaban los policías para golpearme. El primero me dijo: “si no confiesas, te voy a llevar al río, ahí te voy a matar y te voy a poner un narco cartel para que digan que te mató el narcotráfico”. Yo le dije: ni modo, si Dios ya me dijo que hasta aquí, pues hasta aquí.

Eso sólo los enojaba más, y entonces me envolvían con una colchoneta, la aseguraban con cinta canela y me golpeaban con todo lo que podían, según ellos para no dejar huella. De nada les sirvió por que resultado de esa violencia es esta hernia que me salió en el ombligo. – Y se levanta la camisa para enseñarme un protuberante ombligo, recuerdo de las torturas que vivió. –

Esto lo hacían una y otra vez hasta fastidiarse. Un día cambiaron la táctica y me mandaron a un policía que se hizo pasar por “bueno”, aunque no le duro mucho. “Mira – me decía – aquellos te van a seguir madreando si no confiesas. Yo estoy aquí para ayudarte por las buenas, pero confiesa”. Como no logró su objetivo, se puso como loco y me dijo: “ya me tienes hasta la madre pinche inocente”; y entonces me subió a golpes a una camioneta, cortó cartucho, y me puso la pistola en la cabeza.

‐ Aquí te vas a morir hijo de la chingada, si no confiesas.

‐ Pues ni modo – le volví a decir – ya estará de Dios que yo muera a manos de un cobarde.

Lo único que conseguía con esto, fue que me siguieran golpeando salvajemente, sin obtener mi confesión. Fue hasta que lograron el falso testimonio del que dijo que yo era su empleado, cuando ya dieron por cerrada la investigación y me consignaron a un Juez. Ahí comenzó mi peregrinar por diversas cárceles del estado: El Amate, Copainalá, Chiapa de Corzo, Yajalón, y hasta que intervino mi consulado, me trasladaron a Huixtla, el lugar más cercano a mi país, al que finalmente me trajeron.

En la misma causa está Carlos Orlando Paz Bustillos, un ciudadano hondureño recientemente transferido de la cárcel de Pichucalco a Huixtla. Anthony y Carlos no se conocían, lo hicieron en prisión. El catracho es un hombre fuerte como de 1.85 de estatura. Por el calor de esta región, muchos internos andan sin camisa. A varios pasos se le nota a Carlos la misma evidencia: una tremenda hernia en el mismo sitio.
Señalándole el ombligo le dije:

‐ ¿Tú también Carlos?

‐ Yo también. Este recuerdo me dejaron esos cabrones – dijo.

Por ahora, esta es la historia de un hombre extraordinariamente sencillo, al que a pesar de haberle truncado un proyecto de vida, y de haberle separado de su familia, de sufrir el padecimiento de brutales torturas, abogados pillos, cárceles ominosas, xenofobia en algunas de ellas y una prolongada injusticia; nada ni nadie le ha podido robar la paz interior y su envidiable fortaleza espiritual, desde la que, ya sea caminando o tejiendo hamacas (su oficio de la cárcel) se la pasa diciéndonos: “quiere calma la vida”.

* Actualmente Anthony espera la resolución de un Juez Federal, y deseo de corazón, que ahora esté bien defendido y la justicia Federal lo regrese con los suyos, después de vejaciones y torturas sufridas, tanto en su detención como en su peregrinar por diversas cárceles. De éstas, podría salir otra crónica de más injusticias. Esa la guardo para mí mismo.

erch

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