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“Somos el grito de las que ya no están”

Grito para jamás volver a llorar de dolor, miedo, angustia ...

Cuando era niña, mis papás no se cansaban de decirnos a mí y a mis hermanas, “no deben dejar que nadie les haga daño. Y si alguien lo hace o intenta hacerlo, díganlo; no importa si es tu abuelo, tío, primo o incluso yo -decía mi papá-“.

Antes de conocer las historias de decenas de mujeres víctimas de acoso, violencia, violación y feminicidio, creía que era la única mujer de 10, según las estadísticas, que no había sufrido ningún tipo de agravio en mi contra […] nunca fue así.
A los 10 años aproximadamente, un par de hombres nos persiguieron a mí y a mi prima. Los sujetos corrieron detrás de nosotras, que también corrimos tan rápido como nuestro corazón latía, mientras nos gritaban ‘¡vengan, vengan!’. Afortunadamente logramos escapar de ellos y ponernos a salvo, temblorosas y sin aliento. Tiempo después entendí que los sujetos probablemente querían violarnos, porque ¿quién persigue a dos niñas solas sin una mala intención?
Esa ocasión, mi prima y yo acordamos no decir nada a nuestros papás -a pesar de que los míos siempre me pidieron no quedarme callada en casos como este-, porque pensamos que nos regañarían, ya que creímos que había sido nuestra culpa, por estar solas en un lugar apartado; claro que no lo fue. A los veintitantos, por fin les conté esta terrible historia, efectivamente se molestaron, pero porque no les conté y con ello les impedí hacer algo al respecto.
Años después, cuando iba camino a la universidad, volví a ser víctima de un mal hombre. Esa mañana, el sujeto se sentó junto a mí en el autobús, cosa que no vi extraña. A los pocos minutos me quedé dormida, cuando de repente sentí que algo rozaba mi seno derecho, así que desperté asustada; era la mano del hombre a mi lado tocando mi pecho. Me levanté rápidamente de mi asiento y le grité, ‘¿qué le pasa?’, lo que provocó todos a bordo del camión me miraban con extrañeza, pero sin intentar nada. No sabía qué hacer, sólo le pedí a un chico que me cambiara su lugar y le expliqué la razón, sólo dijo, “sí”. El chófer siguió su rumbo como si nada hubiera ocurrido y los pasajeros volvieron a lo suyo con indiferencia, mientras yo temblaba de miedo y coraje.
También en mi época de universitaria, mientras caminaba hacia mi departamento, un sujeto se atrevió a agarrarme violentamente el trasero. Era de noche, caminaba sola, pero muy cerca de otras personas por precaución, cuando un tipo pasó junto a mí y apretó fuertemente uno de mis glúteos. Inmediatamente volteé hacia atrás para buscar con la mirada a mi agresor, pero se perdió entre la gente. Me quedé parada unos segundos, aún sentía su mano sobre mi cuerpo. Después, temblorosa, volví a caminar y recordé las otras dos ocasiones que me había sentido así de vulnerable y humillada. Cuando llegué a mi cuarto me solté a llorar y me obligué a olvidar lo que había pasado […] nunca lo hice.
Esas tres veces me sentí humillada, llena de coraje y vulnerable. Y sin darme cuenta, comencé a desconfiar de todos los hombres cuando salía a la calle, por temor a que uno sintiera que podía tocarme solo por gusto. Después entendí que no se trata de caminar con miedo, sino enfrentarlo y continuar; así que ahora práctico lo que mis padres me dijeron cuando era niña, no me quedo callada.
Cada vez que escucho a una madre o un padre exigir justicia para su hija asesinada, secuestrada, violada, golpeada, humillada […]; o a una mujer gritando con enojo, “ni una menos”, siento admiración y orgullo por ellas, porque no se quedan calladas; porque luchan, no solo por ellas, sus hijas, hermanas o madres, sino por todas.
“Cuando salga a la calle quiero ser libre, no valiente”.



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