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¿Cómo sobrevivía Javier Valdez a tantas muertes? Así lo recordamos a dos años de su asesinato

A dos años de su asesinato, Javier Valdez sigue siendo un tema pendiente para la justicia mexicana

El 15 de mayo del 2017 Javier Valdez salió de las oficinas de RioDoce, semanario del cual fue fundador; era mediodía y caminó hacia su auto para dirigirse a sus actividades periodísticas del día en la ciudad de Culiacán, Sinaloa.

Minutos más tarde, fue interceptado, bajado de su auto y asesinado a quemarropa. Le dispararon en 12 ocasiones y su cuerpo quedó tendido sobre la calle hirviendo por el intenso sol culichi.

Hoy, a dos años del crimen, el caso permanece estancado, hay dos personas detenidas, pero aún no se determina quién habría ordenado su muerte, el caso sigue impune y en espera de que se haga justicia.

Hoy recordamos su trabajo como periodista, como cronista de la vida diaria, de cómo sobrevivía a las muertes ajenas, sin tener certeza de que la suya se aproximaba, o quizás sí, como ya lo explica él en esta larga conversación realizada en octubre de 2016, a propósito del lanzamiento de su libro “Narcoperiodistas” y que se reproduce íntegra.

 

QUE ES EL MIEDO

Cuando un reportero escribe historias de narcotráfico en México, la palabra miedo se plasma sola. Se encuentra en los detalles; en la piel, los ojos, el cabello, las manos, las rodillas; en el estado de shock, el llanto, el insomnio, la tristeza, la desolación, la orfandad y aun así se queda corto, porque no hay forma de describir el infierno.

Un poco puede aproximarse a la bestia, mirarla a los ojos y atreverse a contar una partecita, pero al monstruo del narco, sus complicidades, sus tentáculos, su influencia y poderío nadie los conoce.

Javier Valdez Cárdenas, reportero fundador del semanario sinaloense Ríodoce, escribe en la hoja en blanco esas historias de terror, inundadas de sangre, muerte y tragedia, pero narradas con la ternura de quien abraza en medio de la nada, aunque en ellas se le vaya un pedazo de vida, el aliento y le arranquen lágrimas, noches sin dormir y una terapia para reanudar el día a día.

 

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Ha escrito al menos ocho libros y ha obtenido varios premios internacionales por la cobertura informativa que realiza desde su estado natal, cuna de uno de los cárteles de la droga más peligrosos del país: el de Sinaloa. Su trabajo se ha caracterizado por llamar a los muertos y desaparecidos por sus nombres, sin la etiqueta de un frío número de fosa o expediente judicial.

“Narcoperiodismo. La prensa en medio del crimen y la denuncia”, es el título del más reciente de sus “morritos”, como llama cariñosamente a sus libros y en él decidió narrar las historias fragmentadas de un periodismo que parecería estar condenado al suicidio, pero que sobrevive y late con todo y los cadáveres grabados en la mirada.

A lo largo de casi 20 años como reportero, no deja de ponerse en los zapatos del otro, no importa de quien se trate: un matón, un halcón, un sicario, una víctima, un niño, un hijo o una madre que busca y espera. No juzga, su papel es hablar de la persona, del ser humano que tiene una historia encima, sea la que sea. Abre los oídos y muchas veces cierra los ojos esperando lo peor.

Su sensibilidad le ha permitido ganar la confianza de la gente que necesita hablar de sus miedos, su historia que, de tan pesada, comparte con Javier y después él, la “rola”, a sus lectores de cada domingo en la columna “Malayerba” o en sus libros.

Pide permiso para grabar, tomar notas, eso también le ha ayudado para que sus entrevistados le confíen sus vidas porque están ansiosos de ser tratados como seres humanos, terminan llorando y al final le dicen qué parte no debe publicar, lo cual respeta sin ningún problema.

Para él no hay forma de sanar de lo que vive, sabe y escribe, ha aprendido a administrar, enfrentar y reconocer esas dolencias, se refugia en el blues, el jazz, el rock, hace un guiño a Joaquín Sabina y Real de Catorce, los parafrasea de forma natural. También baila y, sobre todo, llora y llora mucho.

Se describe como un hombre solitario y tiene la certeza de que no existe cura para la violencia, pero ha aprendido a torear sus consecuencias, escribir es para él un desahogo, catarsis, exorcizarse. Un traguito de güisqui y ¿por qué no? se levanta y baila, aunque haga el ridículo y esté solo, eso le inyecta vida. No todo es tragedia.

En él, hay otros Javieres que conviven, que hacen y leen poesía, que son optimistas, luchadores, se levantan, sueñan y están ahí, resistiendo.

Desde un punto de vista autocrítico, Valdez Cárdenas hace de “Narcoperiodismo” un libro que relata el momento por el que atraviesa la prensa mexicana, sobre todo en regiones en donde el crimen organizado lo ha llenado todo y en donde los periodistas se han vuelto la nota de cada día.

 

EL CADÁVER COMO LIENZO

El escritor y reportero, originario de Culiacán, Sinaloa, quien ha dedicado cientos de páginas a niños que, siendo víctimas del abandono, pasan a las filas de una maquinaria asesina de jóvenes llamada “sicariato”, o de los huérfanos de un país desmembrado, hace un triste paréntesis para explicar en qué momento la prensa nacional empezó a ser la nota roja.

Se pone cómodo en un sillón, cruza la pierna y habla seguro de lo que está a punto de soltar: “es como si hubiéramos abierto los ojos de repente y en un parpadeo ya tenemos el infierno dentro. Avanzamos muy rápido al abismo y entonces ya no basta con matar, el cadáver es un lienzo sin letras, el cadáver mutilado, decapitado, exhibido, colgado de lo alto de un puente”.

Además, dice convencido, la decadencia abrazó las diferencias, las crisis, las desigualdades; los problemas se profundizaron y el narcotráfico ahondó en el salvajismo.

Piensa que, en esta batalla de las calles, los ciudadanos están en medio y los periodistas también porque el narco ya está en todos lados. No sólo es la manifestación delictiva de las drogas, ahora secuestran, extorsionan, tienen el control de la venta de armas, cerveza, los taxis; tienen hospitales, policías, al ejército, gente en el gobierno o que ellos pusieron al financiarlos. Es un narco omnipresente, está en todos lados.

En el libro, editado por Aguilar, desmenuza, hasta donde le es posible, la situación de los periodistas en México, sobre todo los que ejercen el oficio en zonas de riesgo y en un acercamiento con lupa visita, entrevista y conoce de cerca el infierno, como él y otros más le llaman.

Desde hace algunos años, recuerda, el periodista empezó a ser noticia por su valentía, pero también por su corrupción, por narco y porque juega con los grupos de poder, se pone en medio y luego lo matan.

En el libro pone claros ejemplos de lo anterior y describe las vidas rotas de los periodistas exiliados, asesinados, cooptados y aterrorizados por el crimen. Ahí está retratado el periodismo del silencio de Tamaulipas, el del lote baldío, de la oquedad, el que difunde lo que pasa en Noruega, o Gran Bretaña, pero no lo que ocurre en sus calles.

El de Veracruz y Sinaloa que da esperanza. Prefiere no hablar de Ríodoce porque ahí trabaja él, pero lo menciona. Hace énfasis en Veracruz, a donde llegó y encontró la sucursal del infierno y cinco pisos abajo con la narcopolítica, el gobierno criminal, una sociedad que no protesta, la corrupción, el pavor y, sin embargo, los periodistas resisten, escriben historias, hacen un trabajo de equipo, se cuidan. A pesar de ello, los sigan matando y persiguiendo.

Refiere casos dolorosísimos de exilio de periodistas que tristemente no podrán volver a México porque su condena ha sido firmada y si regresan serán asesinados, hoy deben conformarse con mirar su casa por medio de Internet, los han desterrado de su familia por el resto de su vida. Habla de la violencia institucional, del lavado de dinero, de la colusión de políticos, empresarios, del periodismo de Jalisco, Coahuila, Nuevo León.

Pero, cómo contar el periodismo mexicano sin Veracruz, cómo excluir a Rubén Espinosa, asesinado en la Ciudad de México hace ya más de un año. Un periodista perseguido, solo, mirando para todos lados, sin dinero, sin comer, triste, insomne, exhibido, expuesto, que huía de Veracruz, diciéndole a todo el mundo y todos publicándolo y de repente muerto.

Para Javier Valdez, Rubén es la imagen de los periodistas mexicanos en medio del páramo, desnudos, frágiles, precarios, en su asesinato están todos y en la publicación revela detalles de su persecución.

El también corresponsal recuerda que, para escribir este compendio de denuncias, tuvo que callar. Llegar a Xalapa y no hablar con nadie. Grande, robusto, vestido de cuero, pelos parados, con su hablar y caminar norteño, guardó silencio. Fue a lo que fue a todos los lugares que visitó, como los buenos boxeadores, entró a la escena, golpeó, salió y después a encerrarse para escribir.

Esas medidas fueron para él como trabajar con el techo encima, sin espacios para moverse, a punto de la asfixia, se trata del periodismo posible en condiciones imposibles.

 

GANAR HORAS O DÍAS DE VIDA

En su vida como periodista ha sufrido atentados, como el perpetrado en 2009 en las instalaciones de Ríodoce, en donde un grupo armado aventó una granada para asustar a los periodistas que ahí trabajan y lo lograron, porque aun lo están, pero no han cedido. Cuidan mucho la información, la revisan milimétricamente, con lupa, discuten mucho en esa redacción viva y palpitante.

Este hombre que escribe y gusta de usar sombrero, ha sufrido el asesinato de sus fuentes informativas, de gente cercana y ha contado sus historias. Son muchas muertes y él siente que también muere un poco o mucho en medio de tanta tragedia.

Aunque cree que puede parecer un contrasentido, en esas condiciones ha podido ejercer su periodismo ubicando qué parte de la información obtenida no publicará y eso le ha salvado la vida. No se conforma con contar los muertos, ni con la versión oficial, va más allá, pero sabe que no puede traspasar cierta línea invisible que es diferente en cada historia y ahí es cuando gana más minutos o más días de oxígeno para seguir escribiendo.

El escritor es generoso y comparte una breve descripción personal en esta charla. Asegura que dentro de él hay un cabrón que es pesimista, apesadumbrado, a veces hosco que se siente como un anciano de mirada acuosa, un tanto amargado, al que le molesta que echen a perder sus soledades. Pero sueña, tiene la idea de otro país para su familia y los mexicanos, que no siga cayendo en un abismo del que quizás no haya retorno.

Le gustaría un gobierno de izquierda y, aunque parezca siempre un suicida sin vocación, quisiera vivirlo, además de seguir escribiendo, no parar. Le da un aire a “Tolito”, el vagabundo de la canción de Sabina que le retuerce el cuello a la pena pero si deja de caminar, empieza a morir.

Valdez Cárdenas sueña con seguir escribiendo, porque si lo deja de hacer también moriría, quiere terminar sus días haciendo periodismo, no se quiere ir de Culiacán, ni del país porque sabe que tiene mucho por hacer y a pesar de tener quebrado el corazón por contar tanta miseria, nunca ha pasado por su cabeza retirarse.

A veces se siente frustrado y triste porque gran parte de la sociedad no acompaña al buen periodismo, parece no importarle que maten o desaparezcan activistas y periodistas, pero se alimenta de otras luchas de la gente que se atreve a hablar y dar su testimonio.

Para él, la sociedad distante, fría, deshumanizada, resignada a la muerte, cómoda e hipócrita, acogió al narco y lo metió a la alcoba, se metió hasta la cocina. En parte ha sido cobarde y ha extendido su indolencia.

Critica esa actitud de la sociedad mexicana de acostumbrarse a la maldad, a la muerte, a los abusos y justificar que todo lo que pasa es porque nos lo merecemos o porque así son todos los políticos y ha hecho de todo esto una suerte de resignación, de hincarse a esperar la muerte, lo cual es triste y peligroso, porque se están perdiendo generaciones.

Compara al narco con el napalm, ese combustible endiablado que utilizó el ejército de Estados Unidos en la Guerra de Vietnam y que, como el crimen, arrasa con la humanidad. Es una forma de morir y la sociedad no se está dando cuenta que las muertes no son ajenas, que son mexicanos, son personas, no marcianos.

Sin que lo haya planteado así al escribirlo, el reportero confía en que este libro sirva como punto de referencia, en medio de una encrucijada, para salir de ella y mirar al gremio con ojo autocrítico, que los periodistas admitan que tienen cáncer, presión arterial alta, diabetes, pero también un corazón que palpita, con pasado, sueños y futuro. Un periodismo fonámbulo, arriesgado, que practica el equilibrio sobre el alambre o la cuerda floja.

A partir de ese reconocimiento confía es que es posible un periodismo más humano, responsable, que vea y describa el sufrimiento, el dolor, la tristeza y la desolación, pero también un mañana que se pueda alcanzar con ética, con valentía, con güevos.

Ahí, en medio del gran desierto, convertido en panteón, Javier Valdez Cárdenas ve un oasis en el periodismo de Veracruz, que en gran medida ha logrado exhibir al gobierno de Javier Duarte, quien ayer después de tanta impunidad, renunció a su cargo.

 

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