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La ‘Ceniza en la boca’ de Brenda Navarro y de apostar a la literatura incómoda

Para la narradora mexicana, que radica en Madrid desde hace siete años, sus novelas tienen que iniciar con el conflicto. En 'Casas vacías' (2018) todo arrancaba así; ahora, para esta nueva entrega, sabemos que uno de los personajes pierde la vida desde la segunda página.

Brenda Navarro, 'Ceniza en la boca'.La nueva novela de Brenda Navarro, Ceniza en la boca (2022), está editada en Sexto Piso y se puede comprar en cualquier parte de México por 250 pesos.Créditos: Juan Carlos García
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Escribir desde el duelo, la pérdida y con las preguntas sin respuesta. La reconstrucción del suicidio de Diego, su hermano. El sonido del suicidio. Cuestionarse los feminicidios, México, España (de Madrid a Barcelona). La violación de su abuela y la posible violación de su madre. El bullying y el racismo en un país que no era el suyo. Criticar al feminismo. La xenofobia y el desapego a un espacio que no es tu casa. Esto es la materia de arranque para Ceniza en la boca (2022), la segunda novela de la escritora mexicana Brenda Navarro.

Con un inicio ceñido al epígrafe de ‘Simpathy’ de Vampire Weekend, el grupo estadounidense que la autora no pudo sacarse de la mente para darle vida a esta nueva entrega, fue como creó a Diego García y a la narradora, una que “en algún momento quise ponerle nombre, pero que no se dejó. Era como: No necesito un nombre, no me encasilles, no me metas características que no necesito”, dice Navarro en una librería al sur de la Ciudad de México.

A la narradora, que radica en Madrid desde hace siete años, le gusta iniciar sus novelas con el conflicto. En Casas vacías (2018) todo arranca así: el secuestro de un niño autista por una mujer que busca ser madre frente a otra que, al perder al infante, cuestiona su maternidad; en Ceniza en la boca se guarda el mismo fervor y para la segunda página sabemos que uno de los protagonistas ha saltado por una ventana para morir.

“En México tenemos interiorizado el tema de la nota roja. Es una cosa muy mexicana; en España les cuentas que existe y se quedan desconcertados. Me hace mucho ruido que no se pueda hablar de suicidio en los medios de comunicación. Más que un tabú, es una censura. No se habla por el temor de que se pueda contagiar, pero el suicidio no es una infección

 

 “El cuerpo de mi hermano solo, sin eco, sin consignas, porque a quién le importaba un niño más de cualquier barrio de Madrid que ni siquiera había nacido ahí. Diego, así, solito, en la acera de debajo del edificio donde vivía con mi mamá, con dos o tres curiosos muertos de hambre y de esperanzas como él”, escribe hacia el final de la primera de cuatro partes en la novela.

Para la escritora mexicana de 40 años, todo fue circular en esta obra. El mismo párrafo, en esencia, es el que detona y cierra la memoria de la narradora. Pensar la historia le llevó cerca de un año, pues casi en inmediato a comenzar la promoción de Casas vacías, reditada por su ahora casa editorial Sexto Piso, inició con esta nueva historia.

Además, durante ese tour también comenzó a pensar en Vampire Weekend, pues los escuchó en el Teatro Metropólitan de México con el disco que, hasta ese momento, era parte de su gira. Uno que metabolizó en la voz de su Diego García.

“Empecé a escribirla en enero de 2020; comencé la promoción de Casas vacías en España y a las dos semanas nos confinaron”, pues llegó pandemia de Covid 19 a Europa, “dejé de escribirla en la computadora, pero todos los meses de confinamiento estuve piense, y piense, y piense la novela. Escuchando la música, armándola en la cabeza y, para las vacaciones de Navidad de 2020, empecé a escribirla. Luego, en 2021, por ahí de febrero la terminé”.

Esta obra, dedicada a su madre y hermana, Norma y Angélica, se enfocó en cómo sucederían las cosas. A modo de crónica, cuestionó en cada parte de la historia el actuar de sus personajes y personajas para ofrecer detalles sutiles y conectar esos recuerdos con el lector. No se trata de una narradora omnisciente, sino de la memoria reconstruida.

“Necesito que mis personajes en general puedan ser cualquier persona. Que puedas sentir que lo dijo una conocida tuya; que no sea propiamente un personaje de una novela, sino que parezca que pueda trascender. Es una apuesta que me avienta para universalizar el dolor”, explica Brenda Navarro al tiempo que bebe un poco de agua por los 29 grados que se viven en la Ciudad de México.

“Eso lo pensé en Casas. Cuando las personas leían a las personajas, siempre tenían que regresar: ‘¿Cómo se llamaba?‘. Eso las hace pensar de forma distinta; pensaba que algo pasaba. No me la imaginaba con un nombre. Ninguno le quedaba. En algún momento quise ponérselo, pero no se dejó”.

Para la narradora es muy hipócrita no hablar de estos temas en los medios. Todo comenzó con la historia de un chico que, recuerda, había leído en una noticia se aventó desde un edificio en Madrid. Había un guiño ahí; luego quiso regresar a buscar lo que pasó, pero ya no estaba. Los periodistas le explicaron que esos temas son un tabú y están vetados.

“Esto es una censura. Se está suicidando la gente. No porque no lo lean no se va a suicidar. Es una postura muy hipócrita de parte de Europa porque ellos premian fotografías que podríamos decir que son pornográficas en tanto la violencia”, detalla, “la mayoría de los premios que se dan son para guerras, situaciones extraordinarias y de dolor que no pasan dentro de sus países; lo premian, incitan y meten dinero”.

El mismo problema filosófico que Albert Camus cuestionaba sigue vigente para Navarro: “¿Suicidarte o no suicidarte, para qué la vida?”.

Repasa críticamente al racismo y al feminismo, pues es uno generalizado que gobierna en el status quo español. Uno que, de acuerdo a su experiencia, se finca en los vacíos que tiene el sistema para no regularizar a las trabajadoras migrantes y que estas tengan que trabajar para quienes prefieren no desembolsar más dinero.

“Piensan: de pagarle en negro a una chica, que la puedo tener de interna, a una institución, me sale más barato esto. Esa es la muestra de que la consideran ciudadanas de segunda. Esto es un tema que incomoda mucho en España; las mujeres españolas reivindicando la igualdad prefieren tener oprimida a una mujer interna a competir dentro de los espacios públicos con los hombres y eso me parece espantoso”, afirma.

“No quiero ser la escritora que venga a decir a España qué es España. No tenía ganas de hacer eso, pero me seguía rondando ese problema. Para mí la literatura es el espacio donde todas mis filias y fobias las puedo encausar sin hacer un verdadero daño porque entiendo que yo soy Brenda y que las novelas son las novelas y que las personajas son las personajas y ellas tienen la libertad de decir lo que quieran”, reitera.

“La literatura y las disciplinas artísticas tienen que incomodar. Apuesto a literatura que incomode, ya que guste o no guste, me da un poco igual, pero si te incomoda, he hecho mi trabajo, que eso es importante.”

Pese a que no leyó ningún libro acerca del suicidio, también se interesó en una historia publicada en Pie de Página que hablaba al respecto; recordó haber leído el testimonio de un padre y su hijo y de cómo, al abrazarse entre sí, el adulto supo que el pequeño se suicidaría. Ahí notó que eso era parte del ambiente de Ceniza en la boca y decidió grabarlo entre sus escenas.

“No sabemos procesarlo, es muy duro. Qué estamos haciendo mal para que un chico piense que ya no puede seguir adelante. Qué tanto dolor, porque como adultos entendemos lo que es el dolor, puede haber en un cuerpecito de 14 o 15 años que no pueda salirse de ahí. ¿Qué herramientas no les estamos dando para que puedan seguir con vida, para que puedan manejarlo?”, se cuestiona.

Para la tercera y cuarta parte del libro, el conflicto va tomando esa redondez y lo que da título a la historia ocurre. En algún punto un personaje come de las cenizas de un muerto y esta acción se repite una, dos, tres y cuatro veces más. Se hace común.

“Es muy fuerte, pero a mí me parece muy metafórico. Cuando lo escribí sabía que era un tema que podía ser controvertido; hubo una época donde en las funerarias, especialmente en Estados Unidos, les vendían los dijes llenos de las cenizas y yo pensaba: de aquí –señala su cuello– hasta aquí –llega a su boca– es una distancia tan corta que seguro muchos lo hacían. Y mi editor en España, cuando la novela estaba a punto de seguir, me envió un párrafo de Miriam Towes donde también habla de que alguien se comía las cenizas. No hablamos de ello, pero es más normal de lo que pensamos”, afirma después de haber conversado alrededor de una hora.

Cerrada la charla, Navarro dice que ahora ha vuelto a sus orígenes musicales; dice que escucha el nuevo disco de The Strokes, también se da tiempo para el Tiny Desk de Andrew Bird, el de C. Tangana; también dice escucha a Rosalía por saber un poco lo que se da en donde vive; lee títulos de las editoriales Tránsito y Capitan Swing, y se ha comprado El Museo de la Rendición Incondicional libro de Ugresic Dubravka. En la Ciudad de México seguían los 29 grados.

 

La nueva novela de Brenda Navarro, Ceniza en la boca (2022), está editada en Sexto Piso y se puede comprar en cualquier parte de México por 250 pesos.