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Reflexión

Mario Ávila

En un mundo digitalizado, comunicado electrónicamente, en condiciones de encierro, educación y trabajo a distancia, el impacto de un apagón es abrumador.  Otros tiempos cuando las escuelas, universidades, empresas y grandes corporativos entraban las plantas de emergencia, hoy no.  Hoy las oficinas son las habitaciones de la casa, el comedor o la sala.

Son amplias regiones las que han sido impactadas.  Los Estados del norte han sido afectados sensiblemente en sus cadenas productivas con pérdidas millonarias.

Ahora que se avecina una reforma en materia eléctrica y el monopolio de esta, bien valdría la pena reflexionar sobre lo que nos está pasando y la oportunidad de seguir abriendo espacio a las energías limpias, esas que, con la simple radiación, producen electricidad.

Si el gobierno piensa que hubo abusos y se enriquecían, que fije nuevas reglas pero que no cierre puertas a posibilidades que redundan en el beneficio de millones de familias, empleos y el país en su conjunto.

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